Me interesa lo que no se deja definir. Cuando busco el origen, toda herramienta matemática que lo intenta se rompe: divisiones por cero, divergencias al infinito, resultados indeterminados. Una naturaleza asintótica que deja estar al filo sin dejarse tocar. Ahí la matemática da paso a la poesía, y ahí empieza mi trabajo.

No construyo obras cerradas. Construyo instrumentos y sistemas cuyo resultado no puedo anticipar, porque dependen del cuerpo que los active: cada cuerpo produce una pieza distinta que no volverá a repetirse. Lo que hago no es la forma final de una obra, sino el medio capaz de crearla. Por eso libero lo que desarrollo —código, planos, coreografías, conceptualización—: una obra concebida como medio no se agota en quien la firma.

Trabajo con luz, sonido, código, hardware y cuerpo, sin jerarquía entre ellos, y construyo la herramienta cuando no existe. Cuestiono la especialización que, en su búsqueda de la frontera del conocimiento, pierde una visión integral y compleja del mundo. Y no me parece que la viabilidad técnica sea argumento suficiente para legitimar una implementación tecnológica.

Desde hace años me ocupa además una pregunta: cómo nos ven las máquinas. La he trabajado como escultura, como pieza escénica en el CERN y como instalación en Belgrado, donde el reconocimiento facial se volvía contra el propio público. Es fácil no encontrar resistencia cuando el problema es desconocido.